Nuestro Oriamendi, compartío la defensa de “La Muela” con los Tercios de Navarra y Ntrª  Sra. De Begoña, soportando muy bajas temperaturas, por lo que,  además de los heridos por el fuego enemigo, se produjeron numerosas bajas por enfermedades pulmonares y por congelaciones; de tales circunstancias dejé constancia en el apartado dedicado a la campaña de Teruel,  en el que hago referencia a la segunda baja del grupo de los orensanos integrados en la 4ª Compañía. (La primera baja había tenido lugar la tarde-noche del 31 de diciembre del 37, cuando en nuestra aproximación a “La Muela” sufrió un ataque de apendicitis el orensano, Manuel Sánchez Vázquez).

 

Ocurrió el día 3 de Enero de 1.938, cuando en una revisión rutinaria de nuestro médico, apreció síntomas de congelación en los pies de mi compañero, José Salgado García , apodado “Quinto”, natural de Vilamaior do Val – Verín (Orense). Evacuado de urgencia a un hospital (¿el “ALFONSO CARLOS”  de Pamplona?), donde sufrió amputación de los dedos de un pie; se le declaró inútil total y la valió el título de  Caballero Mutilado.

El Dr. Pablo Lárraz Andía, es un joven investigador en el campo de la medicina en la época de la trágica guerra civil española. Hemos mantenido contacto por todos los medios de comunicación cuando preparaba su primer libro,  y llegó la oportunidad de conocernos con motivo de la presentación del mismo, al que he tenido el honor de asistir con uno de mis hijos, casi perdido entre la multitud de personalidades del mundo de la política, la medicina, la flor y nata de la cultura pamplonica… A destacar  la presencia de gran número de supervivientes de los heroicos tercios de requetés vasco-navarros, algunos de los cuales recibieron asistencia médica en el famoso Hospital y vivieron la emoción del reencuentro con sus cuidadores:  Médicos y Enfermeras.

En su libro el autor me cita en las páginas 108, 201 y 486, haciendo  referencia a mi incorporación  en la 4ª Cía. del Oriamendi, cuando el Tercio se hallaba de descanso en Mañeru, tras la campaña del Norte  Y en el álbum de fotos que lo ilustran figura mi más entrañable fotografía familiar.

Quiero expresar aquí mi más profundo agradecimiento al Doctor, Don Pablo Larraz  Andía, que me autorizo la publicación de tan encomiable trabajo realizado en colaboración con su colega, Doctor Don C. Ibarrola.

 
Extracto del Trabajo publicado en Internet:“Los pies de Teruel”. Asistencia y tratamiento de las heridas por congelación en los hospitales navarros durante la guerra civil P. Larraz1, C. Ibarrola2   1. Médico de Familia. 2. Médico de Familia. Centro de Salud Ermitagaña.
 

INTRODUCCIÓN

Durante el invierno 1937-38 en la ciudad de Teruel y sus proximidades tuvo lugar una de las mayores batallas de toda la guerra civil española que pasaría a la historia como la desarrollada en condiciones ambientales más extremas. Sus consecuencias en el campo sanitario fueron un ingente número de combatientes de ambos bandos con lesiones debidas en su mayoría no a las balas o metralla, sino a la exposición prolongada del cuerpo a un frío extremo. Los sistemas de evacuación y las redes de asistencia hospitalaria de ambos ejércitos sufrieron un colapso a partir de diciembre de 1937, y las consecuencias no tardaron en sentirse en las zonas situadas “a retaguardia”.

Navarra contaba en diciembre de 1937 con 18 centros hospitalarios en funcionamiento destinados de forma específica, total o parcialmente, a la atención de enfermos o heridos de guerra, integrados dentro de la red de hospitales militares del ejército nacional como “establecimientos de segunda línea”.

Sin embargo, tras la saturación de todos los centros sanitarios de la provincia de Zaragoza –principal bastión sanitario del ejército sublevado en el Frente de Aragón– durante las últimas semanas de 1937, los hospitales navarros pasaron a ser destino de numerosas evacuaciones directas desde los mismos campos de batalla de Teruel que, sin escala en la capital aragonesa, “desembarcaban” diariamente en la pamplonesa Estación del Norte.

Los últimos días de 1937, la Jefatura de Sanidad ordenó a todos los hospitales de la capital la ampliación urgente del número de camas y aceleró la creación de nuevos centros sanitarios en otras localidades. Los hospitales militares de Falces, Lumbier, Aoiz y el “José Antonio” de Pamplona abrieron sus salas en los primeros días de 1938, mientras que el resto de centros navarros ampliaba su capacidad de forma apresurada. Por ejemplo, el Hospital “Alfonso Carlos”, instalado en el Seminario de Pamplona, pasó en dos meses de 780 camas a albergar más de 1.300. En cuatro meses, los establecimientos de guerra navarros casi duplicaron su capacidad para poder acoger hasta 4.970 hospitalizaciones. Victoriano Juaristi, cirujano del Hospital Militar de Pamplona, describía el panorama de este modo: “Nuestro hospital volvía a actuar como si fuera del frente. Recibimos heridos desde el campo de batalla casi directamente, o con muy breve escala en Zaragoza”.

A pesar de estas medidas la situación desbordó todas las previsiones. Tras la saturación de los centros sanitarios de Pamplona, varias evacuaciones de heridos por congelaciones terminaron en pequeños hospitales de convalecencia de la Ribera de Navarra, sin apenas medios técnicos ni personal sanitario preparado, y otras muchas continuaron ruta por ferrocarril hacia establecimientos del País Vasco, Castilla, Asturias, Santander y Galicia. A partir de marzo de 1938, con la mejoría de las condiciones meteorológicas, remitieron las evacuaciones masivas y el funcionamiento de la red de hospitales militares en Navarra se estabilizó.

Hasta la batalla de Teruel, los antecedentes médicos más próximos en el tratamiento de las lesiones por congelación se remontaban a los célebres “pies de trinchera” de la Gran Guerra europea de 1914-1918. Además, el número de congelados durante el primer invierno de contienda civil (1936-1937) había sido muy escaso.

Este período, sin duda el más intenso desde el punto de vista asistencial en los hospitales navarros, dio pie a la aplicación y el desarrollo experimental de técnicas médicas y quirúrgicas en el tratamiento de una afección novedosa: las lesiones por congelación. Así lo percibieron tres facultativos destinados en los equipos quirúrgicos de los principales hospitales militarizados de Pamplona: Victoriano Juaristi Sagarzazu, del Hospital Militar de Pamplona; Pascual Ipiens Lacasa, encargado del Servicio de Cirugía General, Traumatología y Urología del Hospital Provincial; y Andrés Martínez Vargas jefe de las salas de cirugía del Hospital “Alfonso Carlos”. Conocedores de la excepcionalidad de las lesiones y apoyados en una casuística numerosa registraron el resultado de sus experiencias y dejaron constancia escrita de sus impresiones personales. Además, Carlos Gil y Gil, radiólogo del Hospital Provincial y encargado del Servicio de Onda Corta establecido específicamente por la Dirección de Sanidad Militar para el tratamiento de las congelaciones, recogió los resultados de sus experiencias en un artículo publicado en 1939 por la Revista Española de Medicina y Cirugía de Guerra.

Este material, junto a las estadísticas recogidas por la Jefatura de Sanidad y los testimonios de personas implicadas directamente en los acontecimientos, nos permite analizar este episodio sanitario desde perspectivas diferentes y confrontar, 65 años después, opiniones, tratamientos y resultados sobre la misma afección, un caso inusual en la medicina de nuestra guerra civil.
 

 

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